Mi historia
La vida en el deber interno
Mi camino hacia la filosofía del Yoga no comenzó con la espiritualidad, sino con una vida que, a pesar de seguir funcionando, se alejaba cada vez más de mí misma.
Cuando funcionar lentamente se convirtió en toda mi vida
Mi nombre es Kerstin. Nací en Alemania y hoy vivo en la República Dominicana. Pero mi camino hacia la filosofía del Yoga no comenzó bajo las palmeras, sino en una vida que durante muchos años se había ido alejando cada vez más de mí misma.
Desde afuera, muchas cosas parecían ordenadas. Funcionaba, me ocupaba de todo, organizaba la vida cotidiana y hacía todo lo posible para mantener la impresión de que tenía todo bajo control.
Al mismo tiempo, por dentro algo se iba cerrando cada vez más. Pero consideraba esa presión constante como algo normal y como la consecuencia inevitable de una vida responsable en la que mostrar debilidad no era una opción. Así que simplemente seguí adelante.
Mirando hacia atrás, hoy reconozco hasta qué punto toda mi vida estaba construida alrededor de ese deber interno. Era la sensación constante de tener que ser fuerte, de tener que sostenerlo todo y cumplir con todo.
No buscaba ayuda para comprender realmente lo que me estaba ocurriendo. Solo quería seguir adelante: funcionar un día más, cumplir una tarea más y resistir una vez más.
Mi cuerpo hacía tiempo que había comenzado a reaccionar a toda esa presión, pero yo seguía intentando resolverlo todo mediante disciplina, control y adaptación.
Cuanto más agotada estaba, más intentaba mantenerme unida, porque creía que si simplemente me esforzaba aún más, en algún momento volvería la calma.
Pero ocurrió exactamente lo contrario. La tensión no disminuyó, sino que lentamente comenzó a determinar toda mi experiencia. Incluso en momentos tranquilos, algo seguía internamente tenso; mi cuerpo permanecía en estado de alarma, aunque externamente no estuviera ocurriendo nada amenazante.
En aquel entonces no comprendía que el agotamiento se acumula durante años — en todos esos momentos en los que vivimos en contra de nuestra propia percepción y seguimos funcionando, aunque por dentro algo hace tiempo que está pidiendo atención.
El momento que lo cambió todo
Entonces llegó el momento que lo cambió todo: un paro cardíaco. Mi esposo me reanimó. Cuando volví en mí, no entendía en absoluto lo que acababa de suceder. Solo me sentía, por un breve y extrañamente tranquilo instante, ligera y sin peso.
En aquel momento no le di absolutamente ninguna importancia a esa sensación. No habría sabido explicarla ni darle un significado. Solo muchos años después comencé lentamente a comprender por qué ese momento, visto en retrospectiva, había sido tan especial.
Al mismo tiempo, después de aquello comenzó una etapa marcada por un miedo profundo, inseguridad y sobrecarga física. Los médicos decían que yo estaba completamente sana y que todo era simplemente estrés. Pero precisamente eso era lo que me asustaba, porque no sabía cómo reducir algo que hacía tiempo se había convertido en toda mi vida.
Antes del paro cardíaco, nunca había cuestionado realmente mi cuerpo. Simplemente funcionaba, era algo evidente y algo en lo que podía confiar sin siquiera pensar en ello.
Exactamente esa confianza desapareció de repente después. Cada mareo, cada palpitación irregular y cada cambio en el cuerpo podían desencadenar miedo de inmediato. Comencé a controlarme constantemente, a observarme y a estar internamente preparada para el próximo colapso.
Incluso los momentos tranquilos ya no se sentían realmente seguros. Lo que además lo hacía más difícil era la profunda soledad de todo aquello. Muchas personas no podían comprender realmente lo que estaba ocurriendo dentro de mí.
Hacia afuera yo estaba viva, todos los estudios médicos eran normales, y aun así sentía como si mi cuerpo me hubiera abandonado de repente.
Apenas tenía fuerzas, no para grandes tareas y a veces ni siquiera para las cosas más simples de la vida cotidiana. Me arrastraba de un día al otro y muchas veces solo de un momento al siguiente.
Durante la primera etapa vivíamos cerca de un hospital. Casi no me alejaba más de uno o dos kilómetros, porque constantemente pensaba que podía volver a ocurrir y que mi corazón podía detenerse nuevamente en cualquier momento.
Tal vez lo más difícil era que nadie encontraba nada. Si hubiera existido un diagnóstico claro, al menos habría podido aferrarme a algo. Pero no había nada concreto, y precisamente esa incertidumbre hacía que todo se volviera aún más amenazante.
En algún momento comenzaron a encasillarme únicamente en una dirección psicológica. Pero algo dentro de mí sentía que eso no explicaba realmente lo que me estaba ocurriendo.
Así que comencé a buscar por mí misma y me aferré a cada pequeña esperanza, con la necesidad desesperada de finalmente comprender lo que sucedía dentro de mí.
Ya trabajaba menos, dormía más y practicaba Yoga. Y aun así, todo se sentía cada vez más pesado.
Cada día comenzaba con la misma incertidumbre: ¿volvería hoy ese mareo?, ¿esa desconexión del propio cuerpo?, ¿o ese miedo de quizá morir realmente esta vez?
Sentía que ya no podía confiar en mi propia experiencia. Incluso las situaciones tranquilas comenzaron a estar acompañadas de miedo, porque todo mi sistema hacía tiempo había aprendido a vivir en un estado permanente de alarma.
No estaba simplemente agotada. Estaba separada — separada de mi propia percepción, de mi cuerpo y de aquello que durante todo ese tiempo había intentado hacerse visible dentro de mí.
Hoy sé que mi colapso no fue un fracaso personal, sino la consecuencia de una vida que se había ido alejando cada vez más de sí misma.
Cuando comencé a volver a sentir
En mi punto más profundo finalmente conocí a mi terapeuta. Por primera vez no tuve la sensación de que alguien quisiera simplemente tranquilizarme, repararme o volver a hacerme funcional.
Fui realmente vista como persona, sin que nadie esperara algo de mí. A través de ese encuentro comencé a percibir nuevamente mi cuerpo — no ya como enemigo o problema, sino como algo que durante todo ese tiempo había intentado llamar mi atención.
También el Yoga apareció ante mí de una manera nueva. Ya no como técnica, rendimiento u optimización, sino como la observación precisa de lo que realmente ocurre dentro de la propia experiencia.
Por primera vez comencé a percibir en la vida cotidiana cómo los pensamientos, los recuerdos, las reacciones corporales y las viejas huellas internas se entrelazan entre sí. Qué rápido surge de ello algo que se siente completamente real. Y cuán naturalmente tomamos todo eso como si fuera nosotros mismos.
Durante mi formación en Yoga volvió entonces a aparecer una sensación a la que muchos años antes no le había dado absolutamente ninguna importancia. No como algo espectacular ni como una experiencia especial, sino más bien como algo que de repente reconocía nuevamente.
Solo allí comencé lentamente a comprender que ya había encontrado esa sensación una vez antes — después del paro cardíaco, sin haber podido entender realmente qué era aquello que había percibido. Esa sensación cálida y agradable que simplemente había estado allí.
Poco a poco se hizo visible hasta qué punto toda mi vida había estado determinada por patrones internos que jamás había cuestionado realmente. No eran los acontecimientos aislados los que me agotaban, sino la constante identificación con todo aquello que aparecía internamente: con los pensamientos, con el miedo, con los roles y con las expectativas.
Y justamente allí comenzó algo nuevo. No de forma repentina ni espectacular, sino de manera muy silenciosa. Comencé a observar en lugar de reaccionar inmediatamente de manera automática. Empecé a notar cuánto ocurría dentro de mí de forma completamente mecánica.
Cuando hoy me despierto por la mañana y vuelve esa vieja inquietud o esa presión en el pecho, sé que no necesito eliminarla, controlarla ni manejarla perfectamente.
La libertad para mí hoy no significa que las olas desaparezcan. Sino que respiro, siento el suelo bajo mis pies y ya no necesito seguir automáticamente cada movimiento interno.
“No estaba rota. Estaba agotada de alejarme constantemente de mí misma.”
Por qué de todo esto nació este libro
Hoy acompaño a personas que se reconocen exactamente en esta estrechez interna. Personas que han comprendido muchas cosas y aun así no logran encontrar descanso. Mi enfoque es conscientemente sobrio y libre de exageración espiritual, porque creo que no necesitamos más conceptos, sino la capacidad de ver con claridad.
No más respuestas
Por eso el Yoga nunca se convirtió para mí en una huida de la vida ni tampoco en un ideal espiritual. Se transformó en un espacio silencioso en el que comencé a observar lo que realmente ocurre dentro de mí. Pensamientos, reacciones, miedo, control, tensión — todo aquello que antes inmediatamente tomaba como “yo”.
Con el tiempo se hizo visible hasta qué punto una vida entera puede construirse alrededor de patrones internos sin que siquiera lo notemos. Y precisamente por eso más tarde nació también mi libro “El yo confundido”.
Hacer algo visible
No desde el deseo de dar respuestas. Sino desde la necesidad de hacer visible algo que muchas personas conocen, pero que a menudo no pueden nombrar: esa sensación de tener que funcionar constantemente y alejarse cada vez más de sí mismas.
Tal vez el cambio no comienza allí donde intentamos convertirnos en otra persona. Sino allí donde por primera vez nos volvemos lo suficientemente silenciosos como para ver realmente lo que lleva todo el tiempo ocurriendo dentro de nosotros.
De esta historia nacieron un libro, un curso y una forma de acompañamiento.
No como una respuesta terminada. Sino como una invitación a ver con más claridad la mecánica de la propia experiencia interna.
