A menudo me preguntan: “Kerstin, ¿por qué sufro tanto por mis pensamientos? ¿Por qué simplemente no se calman?”.
La respuesta a esto, la mayoría de las veces, no reside en lo que pensamos individualmente. Reside en un malentendido mucho más fundamental sobre cómo funciona nuestro sistema interno. En realidad, no sufrimos por el contenido de nuestra mente, sino por un error de percepción masivo: hemos desaprendido a distinguir entre la mecánica del intelecto y nuestro verdadero ser.
Para eliminar este error capa por capa, la anatomía precisa de la filosofía del yoga nos ayuda con dos imágenes centrales: Citta y Vṛtti.
Citta: El vasto océano de tu conciencia
Imagina tu conciencia, en primer lugar, como un océano profundo e infinitamente vasto. En su estado original, este océano está completamente en calma, claro y posee una tranquilidad inquebrantable. Eso es tu Citta: el campo de tu conciencia.
Es importante entender que Citta en sí mismo no es un pensamiento ni un sentimiento. Es el espacio amplio e intacto en el que todo lo demás puede aparecer. Es tu pura capacidad de percibir. En lo más profundo de este océano descansa tu verdadero núcleo, el “Observador”. Él observa todo lo que sucede sin ser jamás tocado, herido o alterado por las tormentas de la superficie.

Vṛtti: La mecánica de las olas
Sin embargo, en nuestra vida cotidiana casi nunca experimentamos este océano en su quietud. Nuestra mirada suele estar fija, como hechizada, en la superficie; allí donde el agua se curva, espumea y se agita. A estos movimientos los llamamos Vṛttis. La palabra significa literalmente “vórtice”, “vuelta” o “giro”.
Son tus pensamientos, tus juicios, los ecos de viejas heridas y los constructos preocupantes sobre el futuro. Hay un traqueteo ininterrumpido dentro de ti: esa es la función mecánica básica de tu mente. Produce estas olas de forma tan natural como tus pulmones respiran.
El gran malentendido
El sufrimiento comienza precisamente en el punto en el que perdemos de vista la profundidad. Estamos tan fascinados o asustados por las olas de la superficie que, en algún momento, empezamos a creer que somos esas olas.
Cuando el agua azota, gritamos desesperados: “¡Soy una tormenta!”. Cuando está agitada y turbia, decimos: “Soy una persona ansiosa”.
En ese preciso momento se produce la confusión fatal que describo en mi libro: confiscas un vórtice mecánico temporal en tu mente y lo conviertes en tu identidad fija. Confundes la forma fugaz de la ola con la sustancia eterna del océano. Pero una ola, por muy alto que golpee, nunca puede ser el océano: es solo una forma temporal que este adopta por un instante antes de volver a hundirse en el silencio.
El camino hacia la libertad
La verdadera libertad nunca surge de intentar alisar las olas por la fuerza o de reprimir tus pensamientos. Cada lucha contra el océano genera aún más inquietud, más fricción y una opresión dolorosa en tu cuerpo.
La soberanía surge, en cambio, a través de Viveka, tu capacidad de discernimiento. Es la habilidad de dar un paso atrás internamente, tomar asiento en la orilla de tu propia mente y simplemente registrar la mecánica.
Ves el vórtice, tal vez sientes la opresión biológica en tu garganta o en tu estómago que este trae consigo, pero reconoces en ese mismo instante: “Hay un movimiento en mí, pero eso no soy yo”.
En este momento de clara distinción, termina el mero funcionamiento mecánico. Dejas de ser una víctima de tus Vṛttis y te conviertes en el observador libre de tu mente. Allí, en el silencio intacto detrás del vórtice, comienza tu verdadero ser.
¿Has experimentado alguna vez este breve desgarro en la película de tu vida cotidiana? Ese momento en el que un pensamiento pasa a tu lado como una ola y de repente te das cuenta de que estás en la orilla, simplemente observando, sin ser arrastrado.
Cuéntamelo en los comentarios, me encantará conocer tus experiencias.