No hubo un gran punto de giro.
Ninguna experiencia extraordinaria.
Ningún pensamiento nuevo que lo cambiara todo.
Fue un momento silencioso.
Un momento de honestidad.
El momento en el que me di cuenta
de que me perdía una y otra vez —
no en lo externo,
sino en la mente.
Pensaba mucho.
Reflexionaba, analizaba, comprendía.
Intentaba explicarme mis estados internos.
Y aun así, algo quedaba intacto.
Permanecer en la mente es permanecer en el mismo espacio
Cuando algo dolía en mí,
iba inmediatamente a la cabeza.
Me preguntaba:
¿Por qué me activa esto?
¿De dónde viene este sentimiento?
¿Qué significa?
Podía encontrar respuestas.
A veces incluso muy claras.
Pero el cuerpo seguía tenso.
La respiración, superficial.
El sistema nervioso, inquieto.
El pensamiento estaba comprendido.
La vivencia, no.
Con el tiempo entendí
que los pensamientos influyen en nuestra experiencia,
pero rara vez tienen que ver con la realidad misma.
Los pensamientos surgen de forma automática.
Evalúan, comparan, interpretan.
Y con facilidad nos sacan del momento presente.
Sobre esta dinámica —
cómo surgen los pensamientos y por qué nos alejan tan fácilmente de la experiencia directa —
he escrito más profundamente aquí:
https://elviajehaciati.com/?p=62
La mente puede comprender, pero no puede sentir
La mente no es el problema.
Pero es limitada.
Puede explicar.
Puede ordenar.
Puede incluso volverse espiritual.
Pero no puede sentir.
Y mientras permanecía en la mente,
permanecía en el mismo espacio
en el que habita el ego.
Porque el ego vive de:
significado,
historia,
identificación,
control.
En el sentir, pierde su sostén.
El verdadero giro
El giro no llegó a través de una nueva comprensión.
Sino a través de una pausa.
Un pensamiento estaba ahí.
Uno antiguo, conocido.
Normalmente lo habría seguido.
Lo habría observado, analizado, cuestionado.
Esta vez no.
Me quedé.
Sentí.
Había un cierre en el pecho.
Presión en el abdomen.
Una inquietud sutil.
Sin historia.
Sin explicación.
Solo sensación.
No hice nada con ello.
No intenté cambiarlo.
No intenté entenderlo.
Me quedé.
Y algo se aquietó.
No porque hubiera resuelto algo.
Sino porque dejé de huir.
El ego vive en la mente, no en el sentir
El ego necesita palabras.
Necesita roles.
Necesita un “yo” que sea o no sea algo.
En el sentir, eso no existe.
Cuando siento de verdad —
el calor,
el peso,
el cansancio,
el vacío —
ya no hay historia.
No hay:
“Yo soy así.”
No hay:
“Esto no debería estar aquí.”
Solo lo que es.
Y justamente ahí
el ego pierde su poder.
No porque sea combatido.
Sino porque deja de ser alimentado.
Sobre esta dinámica —
cómo se entrelazan el ego, el apego y el sufrimiento,
y por qué el cambio duele cuando nos aferramos desde la mente —
he escrito más profundamente aquí:
https://elviajehaciati.com/?p=109
Las emociones no quieren nada de nosotros
He aprendido algo esencial:
las emociones no quieren nada de nosotros.
No quieren ser comprendidas.
Ni analizadas.
Ni explicadas.
Quieren ser sentidas.
Cuando les damos espacio,
sin intentar cambiarlas,
sin interpretarlas,
algo se regula por sí mismo.
No en la mente.
Sino en el sistema nervioso.
En el cuerpo.
En todo el ser.
A veces se disuelven.
A veces permanecen.
A veces cambian de cualidad.
Pero pierden su poder.
Un cambio silencioso en lo cotidiano
Antes, sentirme sobrepasada significaba
que algo estaba mal en mí.
Que debía ser más fuerte.
Que tenía que entenderlo.
Hoy, siento la sobrecarga en el cuerpo.
El cansancio.
El peso.
Sin historia.
Y muchas veces, eso es suficiente.
No porque la vida se vuelva fácil,
sino porque ya no me pierdo en ella.
Mi camino
He dejado de perderme en la mente.
No porque pensar sea incorrecto.
Sino porque no es el lugar
donde ocurre la transformación profunda.
Mi camino va
del pensar al sentir,
de la explicación a la vivencia,
del ego a la presencia.
Silencioso.
Sin método.
Sin objetivo.
Y es justamente ahí
donde vuelvo a encontrarme.